Hola, permiso, permiso, necesito vomitar...



Si, necesito decir “mi verdad”, tan subjetiva como propia, sin reparar en susceptibilidades ajenas. Tan mía que duele desprenderla, pero más duele seguir con ella en mi garganta, sin que me deje respirar. 

Hicieron todo lo posible, tanto por callarme como por silenciarme, que lo único que lograron fue liberarme. Si mis palabras les ofendieron en el pasado, me tiene sin cuidado cuanto les afecte en el futuro. Ya no me van a hacer más daño, no físico ni psíquico, y a pesar de las huellas que aun no me dejan dormir, aun así, esas heridas van a sanar.

Con estas palabras de introducción paso a contarles que un día me atreví a soñar, y de un golpe me encontré con las herramientas para hacer mis sueños realidad. Como un niño que quiere construir un mundo equitativo, justo libre y soberano, me dispuse a edificar en esperanza e ideales, la realidad que merecía la oportunidad de ser mucho mejor para muchos olvidados.

Así emprendí un camino, lleno de gente amable, los de abajo, el sustrato imberbe, tan dolorido como adormecido, que me acompaño hasta el último momento. Aquel al que hoy siento que, momentánea mente, también abandone. Ellos me enseñaron el verdadero significado de “compartir el pan”, de trabajar y de enfrentar los desafíos con una sonrisa, sin importar a quien molestaba nuestras soluciones, si eran las correctas para la mayoría.

Pero en ese tránsito, otros, los ajenos, los que tienen la sartén por la manga, los futuros cánceres de nuestro tiempo, esos que se enfurecen con el brillo ajeno, ante la carencia de lo propio, ellos fueron capaces, no solo de acallarnos, de acallarme, sino que intentaron silenciarme.

Me desviaron de mis ideales, tantas veces que ya perdí la cuenta, me sometieron, me humillaron, me avasallaron, se rieron de mí, me mandaron a seguir, a trabajar en el barro; sin pensar que cada día me sentía más débil, aunque aun si, cuando lograba calmar la angustia, aunque fuera unos minutos lograba volver a soñar.

Hasta que cada vez, el tiempo se hizo más escaso, y con él los ideales, se fueron apagando, cercenando como el aire en una caja, que se aplasta, solo porque se puede aplastar.

Les ofendía mis gritos, mis suplicios, mis sollozos, ante lo inminente alienación que me destruía como pequeño engranaje; y eso los ofendía.

No les importo erigirse en mis sueños, y destruirlos con afán y hambre de intriga, avaricia y corrupción. No todas las cátedras mal habidas ni los aranceles de doña santamaria van a pagar el daño que hicieron en pos de acuerdos espurios, ocultos, turbios.

Yo ahora renuncie, por primera vez me voy sin dar pelea. Porque a pesar de mi rebeldía, el humo, la sangre y los palos, me hicieron ver en perspectiva que ustedes no van a parar.

Pero yo voy a volver a empezar, y lo que fui hasta ahora, lo deje en aquella puerta. Hoy empiezo de cero, con las manos vacías, los pulmones llenos de aire nuevo y sin la molestia constante y permanente de saberme en falta, si en falta conmigo, por permitirles hacer, por no oponerme a sus mal tratos, a sus persecuciones.

Y a vos, que me estás leyendo y suspiras porque no di tu nombre, quedate tranquil@, que ésta, mi historia, recién empieza…