No te duermas, no me dejes.
Que la pequeña muerte no venga a sobornarnos.
Que no quede pendiente de mi angustiosa desazón, sola,
frente al oscuro roble y a los hilos telefónicos que se mueven bajo el impulso
del viento de un verano.
Este es un verano más. No me des la oportunidad de pensar
que será el último.
Ha sido hermoso vivir la vida juntos y me desgarro
pensando en que llegará un tiempo en el que alguno de los dos se irá.
La vida debería durar trescientos años, y aún así,
pasados los trescientos, te estaría reclamando por una eternidad en la que vos
y yo fuéramos los mismos.
Llámalo amor.
Llamémosle matrimonio.
Llamemos en auxilio de ambos esa fortaleza mental que
libra de la nostalgia y de la melancolía.
Quererse de esta manera es un hecho antinatural.
Es contra natura oponerse lo persistente, lo que dura, lo
que permanece, a la fatal finitud.
Uno de los dos o los dos estamos errados, amor mío. Uno
de los dos debe desprender sus dedos de los dedos del otro.
Pero no hoy.
Todavía no.
Demos otra vuelta de tuerca a la historia que nos ocupó
la vida.
No me dejes caer de esta mutua compañía que nos hace bien
y nos gratifica.
Ahuyentá el sueño que viene hacia vos como un viento
bendito.
No te duermas, no me dejes.
Recuperemos la luminosidad celeste, ahora que algunos
creen vernos viejos y que estemos tan jóvenes como para continuar con la
aventura de modo que hasta el sueño en que caemos juntos nos reúna.
Espero – oíme – que de este modo amable nos sorprenda el
otro largo sueño.
FRAGMENTO DE “RENDICIÓN DE CUENTAS”
MARTA LYNCH
(1925-1985)
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