Tan solo tiene nueve años. No le gusta escribir. Prefiere tipear, y lo hace a una gran velocidad y con un mínimo de errores.
A pocos días de que inicie un nuevo ciclo lectivo, y como forma de estimularlo, casi le suplico que escriba algo. Lo que sea, con sus manitos, lo que se le ocurra.
Aparece media hora más tarde. Me da un beso y cinco líneas escritas. Me pide perdón por si tiene errores ortográficos.
Al leerlo se me llenan los ojos de lágrimas y el alma de amor.
Compartimos el sentido oscuro, idénticas carencias, las mismas ausencias.

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