Espejismo. III

Previo...

La espera.



Mañana infructífera. Nada para hacer. Cinco puchos al hilo y siete solitarios ganados. Esto de tener que hacer que el tiempo pase, sin que pase nada más, me está aniquilando. La monótona calma del que espera, sabiendo de ante mano que en ella radica el castigo. Ese que me gané por creer que tenía alas, y que ellos consideran que pueden entender.

 El silencio me ciega y solo cuando suena el teléfono caigo en la cuenta de lo anestesiados que están los que me acompañan. El frio me impide moverme rápido, ¿o será la certidumbre de que nada bueno puede venir de ese llamado? No llego a atender, me quedo a mitad de camino, entre la inercia de salir corriendo y la parvedad de acurrucarme en un rincón y esperar  hasta despertar de esta pesadilla diaria.

Suena nuevamente, pero ya estoy lejos. Con una mueca poco inusual me avisan que el llamado es de “arriba”. La reunión dura poco. Decretaron viaje y a mí me “premian” con un confinamiento de tres días, en un rincón perdido de este mapa. Mi euforia es acompañada de un bostezo,  y en mi cabeza hace eco tu imagen.

Tres mañanas sin verte. En otro tiempo hubiera agradecido salir del asfixiante entorno gris, de estrellas y soles que me rodean, pero hoy, estar lejos de esta ciudad me produce escozor. Debería alegrarme, pero no puedo. Creo que al fin lo están logrando.

En realidad lo que me molesta es saber que voy a quedarme sin quimera por unos días. No debería haber trasladado todo mi ideal a tu existencia, a tu cara de niña buena, a tus manos de mujer perfecta. Y sé también que esa es la única forma que encuentro de evadirme, de fugarme por momentos de aquí.

Hoy entraste al café muy apurada, pediste para llevar, y a mí me quedo un sabor amargo. No alcance a disfrutar de tu sonrisa. Esa que impunemente le regalabas al mozo cuando te traía tu pedido. La noción del viaje, alarga mi impotencia.

Pensar en armar una valija, me llena de pesadez. Escucho sin prestar atención, cada detalle del trámite que debo hacer. Cualquier novato lo sabe, pero claro, yo estoy allí para reaprender. Lo único bueno es que estoy de nuevo en mi mesa renga. Las reuniones outdoor se me dan bien. Y sin remedio sueño, entre los chillidos de mi rector, que entras y me sonreís.

A veces pienso que sólo yo puedo verte. Que mi necesidad de sentirme viva me ha llevado a la locura de saberte, y de crearte a mi antojo. Que fue mi deseo el que dibujó tus contornos, esos que se agitan como mi respiración, que fui yo la inventora de tu cintura perfecta, del negro oscuro de tu pelo, y que tus labios… mejor escucho lo que me dicen, antes de volver a meter la pata, y terminar recluida en Ushuaia.


Saliendo del trance, el mozo nos interrumpe fausto, con su sonrisa de siempre. Me acerca una nota y deja fluir impávido que es de la misma clienta que llega a primera hora, como yo. 















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