Espejismo. II

Previo...

No te encuentro.



Frío, y las imprudentes flores me miran impiadosas, desparramadas como fina capa de olvido. Su perfume ayuda a que mi mente vuele, quedando enredada en el recuerdo de tu campera, esa que me llamó la atención y me hizo verte. Me congelo y aún no abren. Bendito reloj que sonó antes. Bendita costumbre de levantarme como autómata, y no mirar la hora, si no hasta estar arriba del transporte.

Hace más de un año, que siguiendo este ritual, espero, a la misma hora, por ese café que acompaña mis notas, que da inicio a este flagelo diario de dejarme encerrar durante siete horas; y entre renglón y renglón, desespero por poder verte.

No recuerdo contra quien escribía entonces, si la forma visceral en la que lo hacía, y como me iba perdiendo en un mar de ideas que se atropellaban por quedar mejor entrelazadas. En un respiro, levante mis ojos y mis lentes simultáneamente. El frío de la mañana me recordaba la cercanía a la montaña, y en la innecesaria necedad de ver quien había ingresado al local, te vi.

Suave, frágil, tu sonrisa me desarmó. Tu andar seguro, tus caderas marcando el ritmo de tus zapatos y el tibio sonido de tu voz, fueron el punto sin retorno. No quise oír esa vocecita que desde mis entrañas gritaba. Solo quise ignorar y seguir. A veces es más fácil así, no arriesgar y dejarla pasar.

Hace 365 días que repito la faena, el mismo horrible café, la misma mesa renga, y el idéntico helero que desde muy adentro pide salir. Anoche no dormí, nada nuevo, solo mucho para pensar y poco que decir. Menos aún después de creer que te había visto en la tarde de ayer. Si porque nuestros “no encuentros” son siempre de mañana, la lógica, si es que existe, dice que solo te debo admirar en las primeras horas, en las tardes vuelvo a ser ese zombi administrativo, que lucha por no luchar y se refugia entre papeles para no sentir.

Pero las mañanas son tuyas, aunque a veces se reducen a los 25 minutos que tardas en tomar la mitad de tu café, y salir corriendo mirando el reloj, dejando una estela de perfume y mi sonrisa boba, pidiendo más de vos.

Ya estoy en mi mesa, hoy se mueve más que nunca, y la hora de tu llegada se acerca. Apuro el asqueroso brebaje, no quiero quejarme mucho, en otro tiempo era lo único que me despertaba, hoy ayuda a que la sensibilidad vuelva a mis manos. El mozo sonríe, no sé de qué, pero el siempre sonríe.


Llego media hora más tarde y mi carcelario me recrimina, hoy voy  a tener que quedarme a cumplir un tiempo extra. No llegaste, y yo celebro un no aniversario, sin vos.








No hay comentarios:

Publicar un comentario